Signos de seres únicos, seres de signos únicos: “Irene en el columpio”, Ozaeta, 2006.

Irene en el columpio
Díaz de Corcuera, Rubén. Irene en el columpio, 2006. Video. Fuente: Archivo familiar del autor.

Este fragmento de vídeo representa a una niña pequeña meciéndose en un columpio. Es un texto videográfico que registra un brevísimo lapso de tiempo en la feliz existencia de lo que podríamos caracterizar, desde un punto de vista semiótico, como signo o texto vivo, conjunto dinámico pero unitario de signos, una persona concreta, Irene, mi propia hija.

Distingo aquí y ahora este vídeo como signo icónico de mi hija Irene. Lo distingo como signo icónico de mi hija entre otros muchos significantes que podría igualmente extraer del vídeo en relación a otros objetos: el columpio, la hierba, la bruma de aquel día… Puedo elevar este vídeo al rango de signo o texto icónico de mi hija, primero porque reconozco a mi hija en el vídeo, segundo porque soy capaz de reconocer a mi hija en mi hija misma, y, por último, porque reconozco que se trata de un vídeo y no de mi hija, como reconozco que mi hija es mi  hija y no un vídeo (en caso contrario tendría que mirármelo).

Deduzco de ello que este signo icónico, esta estructura de significación, debe ser necesariamente triangular, debe estar constituida por el signo videográfico de mi hija, la asociación de un cierto significante a un cierto campo semántico (ilimitado pero no infinito), tanto como por mi hija misma, el objeto incesante que representa, ya que sin ella no sería para mí el signo icónico que estoy comentando sino otra cosa, otro signo.

La presencia aquí de estas imágenes procedentes de mi archivo familiar tiene, por tanto, una razón de ser a la vez personal y científica. Se trata, en suma, de que este texto videográfico tiene para mí una iconicidad extrema, y no tanto por la calidad del plano expresivo, que no es mucha, como por la calidad icónica de lo denotado o representado, mi hija, que constituye para mí, excuso el decirlo, un referente de extrema importancia, y por ese lado, un objeto de representación extremadamente concreto.

Me gustaría subrayar estos tres matices: importante, concreto y para mí. El referente destacado del vídeo es la denotación posible de innumerables designata: ser vivo, ser humano, niña con vestido verde y camiseta a rayas, niña rubia, niña meciéndose en un columpio, etc. Cada uno de estos designatum tiene a su vez denotaciones amplísimas (¿cuántas niñas rubias o con vestido verde y camiseta a rayas, meciéndose en el columpio de un jardín no coexistirán en este mismo instante en el universo?). Pero los designatum del tipo de signo al que quiero ceñirme se refieren a un solo objeto, incluyen una denotación única. Toda regresión o progresión ad denotatum, desde o hacia el objeto, conducirá en todos sus signos al mismo y único ente de origen o de destino, una y la misma persona a pesar del tiempo, mi hija. Este pequeño icono-índice, imagen-tiempo, fragmento de vídeo o como queramos denominarlo, pertenece, por tanto, a una clase especial de signos: es un signo de un ser único, que consiste en un ser de signos únicos (en este sentido la consideración de Barthes de la semiótica icónica como “la ciencia imposible del ser único” [1]). Se refiere como signo a la privilegiada unidad solidaria de esencia y existencia, de mismidad e identidad, de continente y contenido en la que consiste mi hija.

Debemos retroceder de nuevo, como ocurre siempre en el signo, desde la objetividad a la subjetividad (la semiosis o significación es el viaje constante de ida y vuelta desde el signo al objeto y, también, desde el objeto como signo al signo como objeto).

Lo que hace definitivamente únicos a los signos aparentes de esta niña, a sus signos aparentes de sí, y a través de ellos, a ella misma, es, precisamente, que tienen para mí, intérprete cualificado, el mayor interés personal. Hay pocos objetos, como se comprenderá fácilmente, que me interese más identificar bajo cualquier circunstancia que mi propia hija. Diría que no hay nadie o casi nadie en el universo entero sobre quien pueda ejercer a tan elevado nivel mi plena competencia recognitiva, mi humana capacidad de identificar o reconocer a otro ser humano, aquilatada durante cincuenta y tantos años de comercio con el continuo, con el mundo. De lo que se deriva (y no al contrario) que no haya nadie más concreto para mí, que no haya nadie más “susceptible de iconicidad” para mí que esa criatura. Su denotabilidad extrema deriva de connotaciones, en este caso completamente singular (subrayo lo de singular), inmensas.

Y, bien pensado, esta puede ser una de las condiciones más objetivas de la denotación en el ámbito icónico. El interés personal, absolutamente subjetivo, de algún intérprete, sin ir más lejos yo mismo, en ese complejo texto de rango icónico, en ese complejo objeto de representación que es siempre un ser humano.

Irene Errasti Díaz de Corcuera (2004-2019). In Memoriam.

[1]. 1980. “La cámara lúcida”. Madrid: Gustavo Gili, 1982: 113.

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Autor: semioticsonextreme

Rubén Díaz de Corcuera. Semiótico y artista. Doctor en Bellas Artes por la UPV-EHU (2016). Diplomado en estudios avanzados de semiología de la imagen artística (2007). Técnico en Infografía e Imagen Numérica por el Centro de Imagen y Nuevas Tecnologías de Vitoria (1993/1994). Máster en periodismo por el diario El Correo y la Universidad del País Vasco (1991). Licenciado en Bellas Artes especialidad Pintura, por la Universidad del País Vasco (1982/1987).

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